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sábado, 7 de junio de 2025

Capítulo 11

 A medida que pasaba el tiempo, Astair comenzó a recurrir cada vez más a Ritaus en busca de apoyo moral.

 

 Astair no tenía padres, hermanos ni amigos: Ritaus era la única persona realmente presente en su vida.

 

 Sin embargo, su constante cercanía llegó a su fin cuando Ritaus cumplió 14 años y entró en la Academia Kratie.

 

 "Por qué no vienes a verme?" -preguntó Astair.

 

 "He ingresado a una academia. No podré visitarte tan a menudo como antes."

 

 Ritaus parecía extraño con su uniforme de Kratie. Astair se enojó. 'Todavía estoy aquí solo y tú estás a punto de ir a explorar el mundo sin mí. Me vas a dejar aquí solo...'

 

 "Entonces también asistiré a Kratie" -dijo Astair.

 

 Ritaus suspiró.- "Ya sabes cómo es esto, Astelle. No existes oficialmente. Aún no puedes mostrarte"

 

 "Mi nombre es Astair, no Astelle!"

 

 "Sí, lo sé. Puedo llamarte Astair cuando estemos solos si quieres. Pero nadie puede saber que eres Astair Lisrich Erbach."

 

 "Por qué no?"

 

 "No podemos permitir que eso suceda todavía. Es demasiado peligroso."

 

 Al joven Astair esto le resultó difícil de entender. Por qué tenía que vestirse como una niñas y fingir serlo cuando en realidad era un niño? Por qué su cabello rosa era resistente a todos los tintes y por qué siempre tenía que usar una capucha para ocultarlo? Por qué no podía usar su nombre real?

 

 O mostrarse al mundo?

 

 "Cuándo podré ir allí?" -preguntó Astair.

 

 "Cuando... Su Majestad el Emperador pregunte por ti."

 

 "Pero él nunca ha hecho eso!"

 

 "Él amaba a tu madre. Sé que no ignorará a su hijo."

 

 A pesar de lo que afirmaba Ritaus, Astair sabía que su padre biológico lo había olvidado. Tal vez Astair le venía a la mente de vez en cuando, como un recuerdo fugaz, pero eso no era lo mismo que un interés real.

 

 Astair frunció el ceño.- "Escuché que fue la Emperatriz quien mató a mi madre."

 

 "Tu madre..." -Ritaus dudó.- "Falleció a causa de una enfermedad."

 

 Esa respuesta sospechosa le dejó las cosas claras a Astair: Ritaus estaba mintiendo.

 

 (Mentira! Mentira!)

 

 Incluso los espíritus intervinieron ruidosamente.

 

 Era muy obvio cuando una persona que no estaba acostumbrada a mentir intentaba hacerlo. Una mirada evasiva, un ceño fruncido, una sutil elevación del tono: Astair habría notado la mentira de Ritaus incluso si los espíritus hubieran estado en silencio.

 

 "Por qué debo ocultar mi cabello rosa?" -preguntó Astair. Había heredado su color de cabello de su madre, Lidyana, y ella lo había heredado de la ex Duquesa Kali Lisrich, quien había muerto hacia mucho tiempo. Kali había sido la última Princesa de Alich, el Reino de los Espíritus. Ella era la abuela de Astair.

 

 "Es una prueba de que eres el último descendiente restante del Rey Espíritu."

 

 "Pero Alich ya no existe."

 

 Ritaus asintió.- "Sí, ha caído. Y kali fue la única hija del Rey Espíritu que sobrevivió."

 

 "Entonces, es malo si soy el último descendiente restante?" -se preguntó Astair, claramente confundido.

 

 Ritaus dudó una vez más, aunque esta vez no dijo una mentira.- "Aparentemente... lo es."

 

 "Entonces, por cuánto tiempo más tendré que vestirme como niña?"

 

 Esta pregunta era la más importante en la mente de Astair. Era un niño, así que algún día crecería alto, tendría hombros anchos y una voz grave, como Ritaus. Podría mantener este disfraz hasta entonces?

 

 "Bueno" -dijo Ritaus.- "Si logras llevar a cabo de manera segura tu ceremonia de mayoría de edad, entonces..."

 

 "Entonces cumpliré 16 años, no? Eso significa que podré usar ropa de hombre después de cumplir 16? Me dejarán salir cuando quiera?"

 

 "Creo... Ah, creo que sí."

 

 Si es que todavía estás vivo, claro está... pensó Ritaus oscuramente.

 

 El Duque Lisrich, abuelo de Astair, casi se había vuelto loco después de perder a su esposa, la Duquesa Kali Lisrich, y luego a su hija, Lidyana. Sufría dolor y pena a diario; sentía como si los insectos estuvieran devorando su corazón.

 

 Al final, decidió que no podía soportarlo más.

 

 Incapaz de enfrentar a su único nieto, fue a ver al padre de Astair, el Emperador. El Duque Lisrich quería decirle al Emperador que se hiciera responsable de Astair, aunque la madre del niño ya no estuviera. Después de todo, el Emperador seguía siendo su padre.

 

 Pero la mala suerte quiso que el Duque Lisrich se encontrara primero con la Emperatriz. Se trataba de la misma Emperatriz que había considerado a Lidyana un obstáculo y una maldición. El Duque Lisrich sabía que la posición de su hija no había sido digna de elogio, y por eso siempre se sentía como un pecador ante la Emperatriz.

 

 "Me enteré de la muerte de su hija. Debe haber estado muy triste" -dijo la Emperatriz con una sonrisa. A pesar de ofrecer sus condolencias, la alegría que brilló en sus ojos era imposible de ignorar.

 

 "Lady Lidyana era una mujer de talento y de belleza poco común..." -murmuró el Duque Lisrich.- "Es una verdadera lástima."

 

 Lydiana no había tenido ninguna complicación durante el nacimiento de Astair. De hecho, había estado bastante sana. Pero, de repente, falleció tras ser expuesta a un veneno desconocido.

 

 El Duque Lisrich no había logrado averiguar qué era el veneno, de dónde provenía o quién lo había traicionado en su mansión. Sin embargo, sus instintos le decían que la Emperatriz estaba detrás de la sospechosa muerte de Lidyana.

 

 No tenía ninguna prueba, sólo una intuición.

 

 "Es una niña? O quizás un niño?" -preguntó la Emperatriz, queriendo saber el sexo del bebé que Lidyana había dado a luz antes de morir.

 

 El Duque Lisrich se dio cuenta de que si la Emperatriz realmente había estado detrás de la muerte de Lidyana, entonces su nieto también estaba en peligro. Después de todo, Astair también tenía derecho al trono.

 

 Por estas razones, el Duque no pudo decirle la verdad.

 

 "Una... una niña" -balbuceó el Duque Lisrich.- "Pero murió apenas nació."

 

 Los labios de la Emperatriz se curvaron en una sonrisa.- "En serio? Estás seguro?"

 

 El Duque Lisrich se sintió aterrorizado. Por qué le preguntaba? Podía ver la mentira? Asintió rápidamente.

 

 "Duque, debes asumir la responsabilidad de tus propias palabras" -dijo misteriosamente.

 

 En ese momento, se dio cuenta de que debía haber cometido un error. Un sello mágico rojo apareció en la mano de la Emperatriz: se trataba de un círculo mágico exclusivo de la torre mágica que se encontraba en la capital imperial de Bourke.

 

 De repente, la Emperatriz comenzó a recitar algunas palabras.

 

 "Si el bebé es una niña... estará sana y vivirá mucho tiempo. Si es un niño, morirá antes de su ceremonia de mayoría de edad." 

 

 "Pero, santo cielo, ya está muerta, no? Me temo que mi bendición ya no sirve de nada ahora."

 

 El Duque Lisrich casi se desplomó en el suelo desesperado. La Emperatriz tenía un don mágico y, aunque su talento no era muy grande, tenía el poder de conceder bendiciones o maldiciones. Tales cosas eran especialmente efectivas si el objetivo era un niño indefenso.

 

 Astair acababa de recibir una bendición y una maldición simultáneamente, pero como era un niño, solo la maldición permanecería.

 

 Cuando el Duque Lisrich finalmente se encontró con el Emperador, comenzó a suplicar. Las lágrimas rodaban por sus mejillas.

 

 "Por favor, salve a mi nieto. La Emperatriz lo ha maldecido."

 

 "Por qué le mentiste?" -preguntó el Emperador.- "Ella puede ver fácilmente a través de ello."

 

 Los puños del viejo Duque temblaban. Mientras se enfrentaba indefenso al Emperador, su cuerpo se llenó de rabia. De quién era la culpa de que su hija estuviera muerta? De que su nieto estuviera maldito?

 

 "No nos atrevemos a competir por el trono" -dijo el Duque.- "Así que, por favor..."

 

 "La cuestión de sucesión es competencia de la ley. Lo que usted haga no tiene ninguna incidencia en el resultado."

 

 "Por favor, Majestad, sálvanos. Ese niño es la única persona que me queda."

 

 Los fríos ojos del Emperador vacilaron ante su súplica.- "El pelo del niño también es rosado, como el de Lidyana?"

 

 "Sí, se parece casi exactamente a ella: su color de pelo, sus ojos y sus rasgos faciales son los mismos."

 

 Los ojos del Emperador estaban enrojecidos y, tras un forcejeo, el Duque Lisrich logró calmar su irá. Sabía que el Emperador también debía estar molesto por la muerte de su amada. Sin embargo, salvar a su nieto era lo primero.

 

 "Cuando críes al niño... vístelo de niña", aconsejó el Emperador. "Eso ayudará a mitigar un poco los efectos de la maldición".

 

 El Duque Lisrich asintió con lágrimas en los ojos.

 

 "La ceremonia de mayoría de edad suele celebrarse cuando se cumple 16 años, así que esconde al niño hasta entonces. No lo expongas al mundo, hagas lo que hagas."

 

 El Duque asintió.- "Entiendo. Ni siquiera lo añadiré al registro de la familia Lisrich."

 

 "Asegúrate de que la Emperatriz realmente crea que está muerto."

 

 "Lo haré. Haré lo que sea para salvarlo..."

 

 "Su cabello rosado y su... poder espiritual, que podría activarse en cualquier momento, deben estar ocultos a la vista. Sus habilidades mágicas también deben estar ocultas. Asegúrate de que no puedan ver el linaje de Lidyana en él. Es decir, oculta todo lo que pueda vincularlo con el Rey Espíritu."

 

 Las lágrimas caían de la barbilla del Duque Lisrich mientras asentía. El suelo de mármol de la sala de audiencias estaba empapado.

 

 "Recuerda" -dijo el Emperador.- "A partir de esta conversación, el último descendiente del Rey Espíritu ya no existe en el mundo.

 

 Con eso, se confirmó una de las antiguas sospechas del Duque Lisrich: el palacio imperial temía la sangre del Rey Espíritu.

 

 Lidyana habría muerto incluso si no hubiera estado involucrada con el Emperador. Ese destino retorcido probablemente se había puesto en marcha incluso antes de que Lidyana naciera, en el primer encuentro del Emperador con la esposa fallecida del Duque, Kali. Sus interacciones habían desencadenado la larga y odiosa relación entre Alich, el destruido Reino de los Espíritus y el Imperio Erbach.

 

 El pobre Duque comprendió todo eso con claridad, pero hizo la vista gorda ante la injusticia que suponía todo aquello. No podía evitarlo. Tenía que hacer lo que le decía el Emperador si quería tener alguna posibilidad de salvar a su único nieto.

 

 Lo que más importaba era la supervivencia del niño maldito, Astair.


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